domingo, 11 de octubre de 2009

El desierto. Tierra de los sabios salvajes.














Hay un lugar, detrás de unas montañas, al que sólo se puede llegar desde el más absoluto desconocimiento y casi por azar, o por arte de magia. Un lugar que no se busca: se encuentra. O, tal vez, nos encuentra...
Hay un lugar donde el horizonte se dibuja imponente como una esfera completa a la cual nuestros ajados ojos no están habituados, por la sencilla razón de que han estado perturbados y entorpecidos por multitud de información simultánea: edificios, coches, luces, polución, ruidos, caos, construcción, el hombre inquieto y moderno lleno de vidas sin tiempo y sin espacios y sin olfato y sin miradas.
Hay un lugar, en cambio, donde nuestra vista, víctima de la belleza natural, recorre ese horizonte y, al volver a empezar, el nuevo círculo contiene nuevos e insospechados colores. Porque sólo en medio de la verdadera lentitud, donde el tiempo se ha detenido, o donde el tiempo ha dejado de ser víctima de nuestro control lineal, donde el tiempo es simplemente tiempo, sólo entonces podemos percibir el cambio desde la alegría, lo natural que se transforma, el azul en rojo, lo lejano en cercano, lo sólido en líquido, el silencio en música, lo frío en cálido, el día en la noche, la sonrisa en llanto... Y así, entonces, podemos sentir la verdad de ser parte de todo, ya que, junto con lo que observamos, el cambio también nos pertenece.
Y cuando nuestra mirada enjuiciadora todavía, clasificadora racional, cree haberlo divisado todo (porque simplemente estamos empapados de belleza), es entonces cuando la sorpresa natural de las cosas vuelve a abofetearnos para dejarnos SER, nuevamente, alguien distinto, embellecido... Porque, simplemente, ha llegado la noche, y con ella, las estrellas que ahogan el espacio y uno se siente al fin parte del cosmos y, por primera vez, yo no quiero huir lejos para entenderlo, porque soy eso ahora. Aquí y ahora. En medio del desierto, las dunas y el color, los dromedarios, los perros y las cabras y los escarabajos y el misterio, tierra limpia, estrellas fugaces, tambores nocturnos, ellos, yo, una línea que nuna acaba...

La noche sahariana de los bereberes es inclasificable, inenarrable en una imagen o mil palabras. El cielo oscurece y ellos nos han preparado el té y mucha comida con todo su calor, con el tiempo que abarca su corazón, con la parsimonia y dedicación que sólo los placeres merecen. Y en medio de la nada y la noche, alguien canta, y, tras él, un tambor resuena como por arte de magia, y así surge la música. La música desde la sangre, desde su sangre hasta mi sangre, las entrañas, los huesos, la piel, el alma... Y ellos viven el arte desde la más absoluta humildad y naturalidad, en su estado más salvaje, que es quizás lo que los ha convertido en genios de la música y en sabios salvajes de la vida misma...
Hay sonidos que nacen desde su estómago, otros desde la garganta, otros desde sus manos, sus pies, el fuego, como su propio lenguaje. Todo resuena a mantra que conduce a un trance duradero... Nada perdura ni perece, todo se transforma, todo suena a calor y a sangre. Hay sonidos que vienen de lejos y se funden con ellos. Y hay tambores, y hay flautas y canto. Y hay danza. Y me fundo en ello y la música me atrapa. No puedo salir. Decido quedarme. Toco la música. Bailo.

De repente, con el sol, en los pueblos, la gente camina, en los caminos, la gente camina, en la tierra, la gente camina, deambula, o sabe perfectamente adónde va. Hay mujeres con pañuelos que se dirigen a un lugar que nunca descubriremos, junto con sus pensamientos. Tan sólo se desdibujan ante nosotros, caminando, hacia otro pueblo, otro camino, más allá de nosotros, y puede que más allá de sí mismas. ¿A dónde irán las mujeres? Solas o acompañadas, casi siempre llevan algo encima, algún peso indescifrable que se deposita en sus miradas gastadas, y desaparecen...
En los mercados los hombres hablan, se ríen, se miman, y hasta se discuten. Pero la sonrisa parece acompañarles en la rutina, o en la ausencia es ésta. Trabajan, conversan, dioses de la palabra, manipuladores del lenguaje, maestros de la perspicacia. Sin embargo, curiosamente, muchos de ellos son transparentes como el agua de un río con piedras, fresco y movedizo. Y en esa ambigüedad radica parte de su encanto.
Los hombres del desierto son "niños ancianos", viejos sabedores de alguna verdad oculta, o de muchas verdades posibles, que es casi como entender la nada, escondidos en la sangre de un niño que juega, incansable, en el sol y en las estrellas, corre, grita, gime, hace el amor, siente... La fusión perfecta bereber: el sabio salvaje...


Entre ellos, desde ellos, cerca de ellos, nada se sabe. Todo se descubre. Todo se aprende. Porque el verdadero signo de inteligencia no radica en el conocimiento acumulado, sino en la humilde y maravillosa capacidad de sorprenderse a cada instante...
Hay un lugar, detrás de unas montañas, al que sólo se puede llegar desde el más absoluto desconocimiento y casi por azar, o por arte de magia. Un lugar que no se busca: se encuentra. O, tal vez, nos encuentra...
Gracias... Por tanto...
Cecilia Iriarte Almada.



EL PRINCIPIO DE NUESTRO VIAJE
Nos reunimos muchas veces nuestro maravilloso grupo de amigas: Marta, Meri, mi hermana Vero y yo. No sabíamos a dónde podríamos viajar las cuatro, difrutar de un lugar nuevo... Decidimos que sería el desierto porque Vero ya había estado allí, y había vuelto anonadada, encantada, renovada... Así que después de varias visitas a los médicos, varios consejos científicamente contradictorios, algunas vacunas puestas, otras no, nos pusimos en marcha!!! Todo organizado, con un bereber adorable (según nos había dicho Jordi, nuestro contacto) que nos esperaría en el aerpuerto y nos acompañaría en todo el viaje, nuestra aventura, Ammú. Y así fue, encantador, con una sonrisa incansable en los ojos! Ammú, un gran guía, compañero de viaje, hombre con un gran sentido del humor, perspicaz, atento, despierto, amable, generoso, dispuesto a que el viajero se sienta como en casa, siempre...

Cabe decir que nosotras formamos uno de esos grupos femeninos que se caracterizan por su verborrea eterna, unida a un tono un tanto insoportable a medida que pasa el rato y el tono de la conversación, un cruce de frases donde sólo nosotras somos capaces de escucharnos y responder simultáneamente, una costumbre un tanto española, diría (esto lo digo porque yo nací en Argentina, y conservo ciertos códigos comunicativos con muchas personas, como: esperar el turno, desarrollar una idea, escuchar mirando a los ojos, conversar tranquilamente durante horas, en un tono relajado, también emotivo, y jugando con las palabras). Pero nosotras, las cuatro juntas, somos lo que se conoce comúnmente como "gallinas", chillonas y alegres. Otro modo de comunicación. La sonrisa y la palabra siempre nos acompaña. Así que cargamos con nuestras sonrisas, con muchas ganas de viajar y descansar, conocer, aprender, con todas nuestras diferencias, nuestra ropa medio práctica (ejemplo, pantalones y camisetas que yo nunca llegué a usar, puesto que casi siempre iba con lo mismo), todo en la maleta... ¡Y por fin se hizo realidad!
ANECDÓTICO ENMUDECIMIENTO
Y así llegó nuestra primera sorpresa. Nada más subirnos al super 4x4 de Ammú, tuvimos un leve choque con una moto que iba tan tranquilamente, pero se nos cruzó, por las calles caóticas y rosadas de Marrakech. No llegué a darme cuenta de quién había ocasionado el choque, tal vez el motorista, que no fue nada grave, dicho sea de paso. Pero lo curioso es cuando el policía nos hace parar y allí comienza el divertido espectáculo. Sin entender ni una palabra de lo que decían los tres (Ammú, el motorista y el poli), las cuatro observábamos, anonadadas y en silencio sepulcral, desde el Toyota, cómo charlaban, cómo tenían una conversación sobre lo ocurrido,y mediante la palabra, su gran aliado, todo se resolvió con unas sonrisas!!! Una palmadita en los hombros y alé alé, buen viaje!! Qué gracioso fue para mí. Debo admitir que, pese a que tal vez debería haber tenido algo de miedo, sólo me limité a observar y casi a disfrutar de lo importante que es el don de la palabra en muchas culturas, no tanto en Europa, donde la ley, afortunadamente en muchos casos, lo resuelve todo, y no la persona con su criterio propio. Pero hay ocasiones donde la improvisación y los malentendidos se pueden resolver, simplemente, conversando y con un buen saludo, si no ha habido daños, como es el caso.Y así nos adentramos en el Atlas, maravillosas montañas que nos conducirían a algún lugar que, intuíamos, sería todavía más bello. Y fue entonces cuando empezó nuestro inesperado silencio. Por horas... Mirando... Simplemente, disfrutando... Las "Picnic Girls" (que es así como llamamos a propósito de un proyecto nuestro de cine mudo) se habían quedado, por fin, calladas...

PRIMERAS PARADAS. LAS CINCO LUNAS.

Comimos en un restaurante de camino, uno de esos lugares que aparecen en medio del Atlas, como por arte de magia. Yo estaba encantada con el cordero y las verduras (añado: amo el cordero, el asado, pero nunca lo como, es decir, siempre me lo han servido los amigos y los buenos restaurantes). Marta tuvo su primer plato vegetariano riquísimo. Meri tuvo su primera intención de ser también vegetariana, dado que tuvo su primera sorpresa al ver la carne cruda colgando de clavos en plena calle con sus amistades, las moscas. Además, hay que añadir, como es lógico, que hemos de comprar el agua mineral ya que nuestros cuerpos no son inmunes a posibles virus que corren por las aguas. Creo que a Vero y a mí ciertos detalles como éste nos resultaban algo familiares, dado que nacimos en el cono Sur, y la pobreza ya fue nuestra viva imagen compañera en muchos barrios de Paraná, una hermosa ciudad con linda gente. Supongo que por eso estábamos como en casa, tan a gusto.

Es decir, a estas alturas del viaje, nuestras primeras horas, habíamos inventado un lema para adaptarnos fácilmente a todo,a cualquier detalle (creo que Vero tuvo esta gran idea de frase): "Mi cuerpo se adapta, mi cuerpo se adapta, mi cuerpo se adapta...". A modo se mantra, surtiría sus efectos, para algunas inmediatamente, para otras, horas o lunas más tarde. A mí todavía, me faltaba encontrarme con mis sorpresas, para poder rezar el mantra sagrado verónico.


Allí, en ese restaurante, aparecieron otros "guiris" igual que nosotros, dos amigos, quienes tuvimos el gran placer de encontrarnos en meDIo de la comida. jJime, la sonrisa argentina enamorada de Lavapiés, donde reside desde hace siete años, y Ariel, el indio argentino (así lo bauticé en mi mente), con una paz que te llena enseguida. Y así sería por el resto de nuestro viaje: encontrarnos puntualmente con Jime y Ariel, en medio de un desayuno, una comida, una cena, siempre comiendo y charlando. Me parece una maravillosa manera de conocer a alguien. Mientras, nuestros dos respectivos guías (Joseph, el de ellos, el guía adorable y algo silencioso), aunque fueran bereberes, respetaban el Ramadán , es decir, mientras nosotros nos deleitábamos en los manjares paradisíacos de Marruecos, ellos se sentaban y conversaban, alegres, siempre con la sonrisa bajo los ojos... Ansiosos por llegar a su casa, el desierto, donde serían hombres libres, con su cultura, su comida, sus placeres.


Después de decenas de curvas, ciertos cambios en el coche de colocaciones, donde yo salía ganando por ser la más insistente en su susceptibilidad a las curvas y a la claustrfobia automobilística (criterio real que convenció más o menos a todas), y sobre todo, después de haber tenido que dar la vuelta a meido camino hacia el restaurante de la carne colgada (visto con los ojos de Meri) porque Vero se había dejado sus gafas de sol!!!, tuvimos que hacer una parada más, dadas las consecuencias propias de este tipo de viaje: mareos (por mi parte, náuseas), pis, necesidad de contemplación del paisaje, cámara de foto en mano, mientras Ammú se iba bereberizando, colocándose su turbante, su chilaba, aproximándose cada vez más a su casa. Allí, según él, en el desierto, es donde verdaderamente disfruta conduciendo. Conclusión, todos queríamos llegar lo antes posible al primer hotel, fuera como fuera. Yo digo que Ammú, a esas alturas, estaría agotado de conducir, y estábamos tan sólo en el principio...

Y resultó ser "Las cinco lunas". Una especie de casita hotel, construida con sus manos, su parsimonia característica, sus tiempos...