





Hay un lugar donde el horizonte se dibuja imponente como una esfera completa a la cual nuestros ajados ojos no están habituados, por la sencilla razón de que han estado perturbados y entorpecidos por multitud de información simultánea: edificios, coches, luces, polución, ruidos, caos, construcción, el hombre inquieto y moderno lleno de vidas sin tiempo y sin espacios y sin olfato y sin miradas.
Hay un lugar, en cambio, donde nuestra vista, víctima de la belleza natural, recorre ese horizonte y, al volver a empezar, el nuevo círculo contiene nuevos e insospechados colores. Porque sólo en medio de la verdadera lentitud, donde el tiempo se ha detenido, o donde el tiempo ha dejado de ser víctima de nuestro control lineal, donde el tiempo es simplemente tiempo, sólo entonces podemos percibir el cambio desde la alegría, lo natural que se transforma, el azul en rojo, lo lejano en cercano, lo sólido en líquido, el silencio en música, lo frío en cálido, el día en la noche, la sonrisa en llanto... Y así, entonces, podemos sentir la verdad de ser parte de todo, ya que, junto con lo que observamos, el cambio también nos pertenece.
Y cuando nuestra mirada enjuiciadora todavía, clasificadora racional, cree haberlo divisado todo (porque simplemente estamos empapados de belleza), es entonces cuando la sorpresa natural de las cosas vuelve a abofetearnos para dejarnos SER, nuevamente, alguien distinto, embellecido... Porque, simplemente, ha llegado la noche, y con ella, las estrellas que ahogan el espacio y uno se siente al fin parte del cosmos y, por primera vez, yo no quiero huir lejos para entenderlo, porque soy eso ahora. Aquí y ahora. En medio del desierto, las dunas y el color, los dromedarios, los perros y las cabras y los escarabajos y el misterio, tierra limpia, estrellas fugaces, tambores nocturnos, ellos, yo, una línea que nuna acaba...
La noche sahariana de los bereberes es inclasificable, inenarrable en una imagen o mil palabras. El cielo oscurece y ellos nos han preparado el té y mucha comida con todo su calor, con el tiempo que abarca su corazón, con la parsimonia y dedicación que sólo los placeres merecen. Y en medio de la nada y la noche, alguien canta, y, tras él, un tambor resuena como por arte de magia, y así surge la música. La música desde la sangre, desde su sangre hasta mi sangre, las entrañas, los huesos, la piel, el alma... Y ellos viven el arte desde la más absoluta humildad y naturalidad, en su estado más salvaje, que es quizás lo que los ha convertido en genios de la música y en sabios salvajes de la vida misma...
Hay sonidos que nacen desde su estómago, otros desde la garganta, otros desde sus manos, sus pies, el fuego, como su propio lenguaje. Todo resuena a mantra que conduce a un trance duradero... Nada perdura ni perece, todo se transforma, todo suena a calor y a sangre. Hay sonidos que vienen de lejos y se funden con ellos. Y hay tambores, y hay flautas y canto. Y hay danza. Y me fundo en ello y la música me atrapa. No puedo salir. Decido quedarme. Toco la música. Bailo.

Cecilia Iriarte Almada.
Y así llegó nuestra primera sorpresa. Nada más subirnos al super 4x4 de Ammú, tuvimos un leve choque con una moto que iba tan tranquilamente, pero se nos cruzó, por las calles caóticas y rosadas de Marrakech. No llegué a darme cuenta de quién había ocasionado el choque, tal vez el motorista, que no fue nada grave, dicho sea de paso. Pero lo curioso es cuando el policía nos hace parar y allí comienza el divertido espectáculo. Sin entender ni una palabra de lo que decían los tres (Ammú, el motorista y el poli), las cuatro observábamos, anonadadas y en silencio sepulcral, desde el Toyota, cómo charlaban, cómo tenían una conversación sobre lo ocurrido,y mediante la palabra, su gran aliado, todo se resolvió con unas sonrisas!!! Una palmadita en los hombros y alé alé, buen viaje!! Qué gracioso fue para mí. Debo admitir que, pese a que tal vez debería haber tenido algo de miedo, sólo me limité a observar y casi a disfrutar de lo importante que es el don de la palabra en muchas culturas, no tanto en Europa, donde la ley, afortunadamente en muchos casos, lo resuelve todo, y no la persona con su criterio propio. Pero hay ocasiones donde la improvisación y los malentendidos se pueden resolver, simplemente, conversando y con un buen saludo, si no ha habido daños, como es el caso.Y así nos adentramos en el Atlas, maravillosas montañas que nos conducirían a algún lugar que, intuíamos, sería todavía más bello. Y fue entonces cuando empezó nuestro inesperado silencio. Por horas... Mirando... Simplemente, disfrutando... Las "Picnic Girls" (que es así como llamamos a propósito de un proyecto nuestro de cine mudo) se habían quedado, por fin, calladas...PRIMERAS PARADAS. LAS CINCO LUNAS.
Comimos en un restaurante de camino, uno de esos lugares que aparecen en medio del Atlas, como por arte de magia. Yo estaba encantada con el cordero y las verduras (añado: amo el cordero, el asado, pero nunca lo como, es decir, siempre me lo han servido los amigos y los buenos restaurantes). Marta tuvo su primer plato vegetariano riquísimo. Meri tuvo su primera intención de ser también vegetariana, dado que tuvo su primera sorpresa al ver la carne cruda colgando de clavos en plena calle con sus amistades, las moscas. Además, hay que añadir, como es lógico, que hemos de comprar el agua mineral ya que nuestros cuerpos no son inmunes a posibles virus que corren por las aguas. Creo que a Vero y a mí ciertos detalles como éste nos resultaban algo familiares, dado que nacimos en el cono Sur, y la pobreza ya fue nuestra viva imagen compañera en muchos barrios de Paraná, una hermosa ciudad con linda gente. Supongo que por eso estábamos como en casa, tan a gusto.
Después de decenas de curvas, ciertos cambios en el coche de colocaciones, donde yo salía ganando por ser la más insistente en su susceptibilidad a las curvas y a la claustrfobia automobilística (criterio real que convenció más o menos a todas), y sobre todo, después de haber tenido que dar la vuelta a meido camino hacia el restaurante de la carne colgada (visto con los ojos de Meri) porque Vero se había dejado sus gafas de sol!!!, tuvimos que hacer una parada más, dadas las consecuencias propias de este tipo de viaje: mareos (por mi parte, náuseas), pis, necesidad de contemplación del paisaje, cámara de foto en mano, mientras Ammú se iba bereberizando, colocándose su turbante, su chilaba, aproximándose cada vez más a su casa. Allí, según él, en el desierto, es donde verdaderamente disfruta conduciendo. Conclusión, todos queríamos llegar lo antes posible al primer hotel, fuera como fuera. Yo digo que Ammú, a esas alturas, estaría agotado de conducir, y estábamos tan sólo en el principio...
Y resultó ser "Las cinco lunas". Una especie de casita hotel, construida con sus manos, su parsimonia característica, sus tiempos...









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